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miércoles, 2 de febrero de 2011

LA MALDICIÓN DE LA COCA.

Y es que el yonqui de nuestro días no lo es a simple vista. No se inyecta y prefiere esnifar o inhalar cocaína, fumar cannabis o ingerir éxtasis y similares. Está perfectamente integrado en su entorno laboral y familiar. Incluso piensa que no tiene un problema porque no necesita tomar drogas todos los días.




De hecho, actualmente se ha impuesto un patrón de consumo asociado a las actividades de ocio que se centra, por tanto, en los fines de semana y en los periodos vacacionales fundamentalmente.





UN ALTO PRECIO.



Sin embargo, al igual que antes lo hiciera la heroína, la cocaína ha comenzado a cobrarse su factura. Ésta no pudre los dientes, pero perjudica el sistema cardiovascular (aterosclerosis avanzada, trombosis, infarto, ictus...), debilita el corazón (arritmias, taquicardias...) y altera irremisiblemente el cerebro (paranoias, alucinaciones, falta de memoria, cambios en el comportamiento, depresión profunda y otras disfunciones psiquiátricas con algunos de los trastornos observados en los consumidores de cocaína). Y, sin embargo, cada vez se consume más. En nuestro país ya se ha situado justo por detrás del cannabis y un 6,8% de los adolescentes de entre 14 y 18 años declaran haberla tomado en este último año.



Un dato que ilustra claramente lo preocupante de la situación es que el número de personas tratadas por primera vez en su vida por abuso o dependencia de este estupefaciente se ha multiplicado por siete en sólo una década. Así, se ha pasado de 932 pacientes en 1992 a 7.125 en 2002.



Además, en sólo seis años (de 1996 a 2002) el volumen de ingresos hospitalarios urgentes provocados por reacciones adversas a sustancias de abuso, entre las que figura la coca, se ha incrementado del 26% al 49%.





PREOCUPACIÓN.



Pero lo que quizá más preocupa a los especialistas con respecto a la cocainomanía es que el mecanismo de actuación del polvoblanco en el organismo todavía presenta muchos puntos oscuros para la ciencia, aunque básicamente se sabe que altera el mecanismo de recompensa que se desencadena en el cerebro ante las cosas agradables.



Concretamente, fue en enero del año pasado año cuando el American Journal of Psychiatry publicó una de las primeras demostraciones de que el daño que causa esta droga se dirige a las células neuronales dopaminérgicas. Éstas segregan dopamina, un neurotransmisor implicado en muchas sensaciones agradables y en el mecanismo de recompensa.



Así, se pudo llegar a la conclusión de que la cocaína funciona, por decirlo de algún modo, de forma autodestructiva, ya que arremete contra las estructuras neuronales (células dopaminérgicas) que, al mismo tiempo, hacen posible que se desencadene la respuesta placentera cuando se consume.



«Ahora la cuestión es saber si estas células mueren o permanecen en estado latente y si el efecto es irreversible o no y si se puede predecir», apuntaba el investigador Karle Little, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Michigan (EEUU) y coordinador del trabajo.



La gran cantidad de incógnitas que todavía rodean a esta droga han ralentizado el desarrollo de fórmulas para combatir sus efectos y de medicamentos eficaces para complementar los tratamientos de deshabituación.



En la actualidad, los especialistas administran medicamentos para paliar síntomas concretos, tanto físicos como psíquicos (problemas cardiacos, depresión, alteraciones del ánimo...), al mismo tiempo que diseñan y aplican terapia de tipo psicológico.



Sin embargo, «no contar con un producto como ocurre con otras adicciones [la metadona para la heroína, por ejemplo] que sirva de soporte a la terapia psicológica y que ayude a superar la fase aguda del proceso de deshabituación supone una dificultad añadida y un factor de riesgo para el fracaso del mismo», explican los especialistas consultados por SALUD.





INVESTIGACIONES.



Para llenar esta especie de lagunafarmacológica y facilitar la tarea a los terapéutas, se están llevando a cabo ensayos muy prometedores. En febrero de este año, la revista Journal of Pharmacology and Experimental Therapeutics se hacía eco de una investigación realizada en la Universidad de Emory (EEUU) con un grupo de ratones. A estos animales se les inyectaron dosis extra del péptido CART, una sustancia química natural presente en el cerebro de los roedores (y también en el de los humanos) en el núcleo acúmbeo, una región cerebral.



Posteriormente, les administraron cocaína y observaron que la actividad locomotora y otros efectos psicoestimulantes de esta droga no se producían con tanta intensidad. «Hemos demostrado que este péptido suaviza los efectos derivados del consumo de cocaína», concluyen los autores, lo que podría servir para desarrollar terapias basadas en el uso de esta sustancia para que el cocainómano abandonase su adicción.



Por otra parte, justo hace un año, veía la luz en la publicación Synapse un pequeño trabajo, aunque esta vez realizado en pacientes, en el que se observaron los beneficios de la vigabatrina. Este fármaco, aprobado en Europa para tratar las convulsiones que afectan a los enfermos de epilepsia, reduce los niveles de dopamina en el cerebro, lo que elimina la sensación de placer que experimenta el adicto cuando usa la droga. Esto, a su vez, parece frenar el impulso por buscar nuevas dosis y elevar la cantidad de estupefaciente que se ingiere.





SUMA Y SIGUE.



Por desgracia, el mundo de las drogas le lleva la delantera a la investigación para paliar sus devastadores efectos. Cada día se tienen noticias de nuevos usos. El último número de MedicinaClínica ha recogido una revisión acerca de los que se ha dado en llamar Clubdrugs (drogas de club), una serie de sustancias que se están imponiendo en los escenarios lúdicos frecuentados por buena parte de la juventud y los asiduos a la cultura rave (las discotecas, las macrofiestas y los maratones de música techno, fundamentalmente).



Cabe destacar que el perfil de este consumidor es diferente al que toma cocaína y otros estimulantes. Si bien éstos buscan sobre todo la resistencia y la hiperactividad, los adeptos al movimiento rave pretenden, además, experimentar nuevos estados de conciencia, desdoblar el cuerpo de la mente y acceder a situaciones mentales diferentes.





NUEVOS ÍDOLOS.



En cualquier caso, los productos que hacen furor en estos escenarios no son sino medicamentos de uso médico, normalmente hospitalario, cuyos efectos secundarios (inducidos casi siempre por su consumo en dosis demasiado elevadas) se aprovechan para hacer este tipo de viaje mental, conocido también como psiconáutica. De hecho, Elena Salgado resaltó el miércoles el auge de sustancias como la ketamina y el gammahidroxibutirato (GHB), más conocido, aunque mal denominado, éxtasis líquido.



La ketamina es un anestésico de uso muy restringido, precisamente por la cantidad de efectos secundarios que presenta (ensoñaciones desagradables, alucinaciones, sensación de desdoblamiento...). Se reserva, por ejemplo, para sedar a pacientes no cooperantes (niños pequeños) y para procesos de dolor extremo (cambiar apósitos a los quemados graves). También se emplea en el ámbito veterinario, por lo que también se denomina anestesia para caballos.



En la cultura de club recibe nombres alternativos como specialK, kit-kat, katvalium, keta o superk y su intoxicación provoca disociación del entorno, visión borrosa, problemas con el lenguaje, dificultad para memorizar y alucinaciones que pueden persistir hasta tres días después de haberlo tomado.



Por su parte, el éxtasis líquido (gammahidroxibutirato o GHB) también es otro anestésico de uso clínico, aunque en Italia además está aprobado para la deshabituación alcohólica. Causa euforia, bienestar y desinhibición y últimamente es la sustancia que más urgencias hospitalarias e ingresos por reacciones agudas está provocando entre sus usuarios.



Este hecho se debe, en parte, a que los que la toman saben que el coma que induce revierte espontáneamente en la mayoría de las ocasiones (eso no quiere decir que no deje secuelas neurológicas irreversibles). El GHB produce dependencia y síndrome de abstinencia y se tiene conocimiento de que favorece la agresividad sexual.



El dextrometorfano (principio activo contenido en la mayoría de los jarabes para la tos por su efecto antitusígeno) por sus efectos alucinógenos a altas dosis y el óxido nitroso (más conocido como gas de la risa o poppers) por sus cualidades euforizantes son otras de las sustancias que están en boga, aunque por el momento no suponen un problema real de salud pública.



Según los autores, «es posible que la mejor forma de acercarse a estos colectivos sea a través de información veraz y contrastada, sin caer en dogmas ni moralinas, y a través de programas de reducción de riesgos como los desarrollados por algunas organizaciones en nuestro país». Estos especialistas, pertenecientes a la Unidad de Farmacología del Institut Municipal d’Investigació Médica del Hosptial del Mar de Barcelona citan expresamente a Energy Control (www.energycontrol.org) porque procuran «dar información para dimsinuir los riesgos asociados al consumo».



Gráfico: Así actúa la cocaína







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¿Cómo debemos tratar este tema con nuestros hijos?







A la vista de este panorama desalentador, es lógico pensar que una de las mayores preocupaciones de los padres gire en torno a cómo evitar que sus hijos caigan en las garras de las drogas o cómo ayudarles en caso de que ya estén atrapados. Sepa cómo detectar si su vástago está tomando estupefacientes y cómo debe enfrentarse a esta cuestión.



- Observación.

Antes de dar por hecho que un adolescente está consumiendo drogas hay que tener en cuenta que esta etapa de la vida se caracteriza por cambios en el comportamiento y la personalidad que nada tienen que ver con el abuso de sustancias. No actúe de manera impulsiva porque puede provocar el rechazo del joven. Sin embargo, tampoco dé por hecho que esto sólo les ocurre a los demás.



- Cambios físicos.

Los estupefacientes causan una serie de reacciones físicas inmediatas que conviene tener en cuenta. Permanezca alerta si frecuentemente su hijo vuelve a casa con los ojos enrojecidos o con las pupilas dilatadas, si tiene algún 'tic' o movimiento extraño, le tiembla la mandíbula o sufre algún espasmo. Esté pendiente de si sus reflejos están disminuidos (tropieza, se le caen los objetos de la mano, no guarda el equilibrio correctamente...). Estos signos no tienen por qué ser llamativos pero, incluso siendo sutiles, pueden indicar una intoxicación o, incluso, dependencia.



- Hábitos dietéticos.

El cannabis, por ejemplo, da hambre y la cocaína quita el apetito. Las drogas influyen y modifican los hábitos nutricionales. Así, debe tener en cuenta que, tras haber fumado marihuana, el joven suele presentarse en casa y devorar lo primero que encuentre en la nevera de manera casi compulsiva. Si ingiere estimulantes, puede prescindir de la comida durante largos periodos. Esté atento a posibles variaciones de peso, de si come a horas intempestivas (de madrugada) y de si se da atracones cuando vuelve 'de' 'marcha'.



- El sueño.

La mayor parte de los jóvenes trasnocha, sobre todo los fines de semana y en periodos vacacionales. Este hecho altera su ritmo sueño-vigilia. No obstante hay que distinguir este factor de los trastornos del sueño que producen sobre todo los estimulantes. Si su hijo se queja de que no puede dormir por las noches, de que se despierta varias veces durante el sueño y si es incapaz de despertarse temprano por la mañana puede que esté acusando los efectos de estas sustancias. Permanezca alerta si está siempre cansado.



- Estado de ánimo.

En la adolescencia es normal atravesar por estados melancólicos relacionados con la sensación de incomprensión que se padece a veces. Ser taciturno, tímido y reservado no es sinónimo de estar enganchado a las drogas. No obstante, los cambios bruscos de carácter, y la alternancia de la verborrea, la euforia y el exceso de amabilidad con las conductas hurañas y huidizas sin motivo aparente pueden indicar alteraciones de la personalidad relacionadas con las sustancias de abuso.



- Círculo de amistades.

¿Conoce a los amigos de su hijo?, ¿sabe con quién sale y dónde van?, ¿es consciente de si frecuenta nuevas compañías y si son de su edad? Trate de indagar sobre estos temas sin tomar una actitud inquisitorial y permanezca atento si sale y entra de casa sin dar explicaciones de con quién va. Vigile si hace o recibe llamadas telefónicas a horas intempestivas, si se esconde para hablar o si trata de disfrazar las conversaciones. Controle con sutileza su economía y observe si gasta demasiado dinero sin saber muy bien en qué (ropa, música, libros, revistas...).



- La familia.

Por regla general, los adolescentes prefieren compartir su tiempo y experiencias con los amigos antes que con la familia, ya la que suelen ver como un elemento que frena su libertad. En cualquier caso, los padres deben observar si su hijo tiene intereses o ambiciones de algún tipo y las comparte con ellos, si sufre incomunicación total con el resto de los miembros del hogar y si se niega por completo a participar en actos, reuniones o celebraciones de carácter familiar.



- ¿Qué debo hacer?



Si por estos u otros indicios usted cree que su hijo está tomando drogas enfréntese a la situación sin dramatismo ni moralina. No sea agresivo ni intente imponerse con prohibiciones o castigos. Trate de ocupar por un momento el lugar del joven y de comprender por qué ha llegado a esa situación y hágale saber que para usted, sus problemas son importantes. Hable con él y escuche lo que le diga. No emita juicios negativos sobre la juventud, su círculo de amigos o su forma de divertirse sin saber exactamente cuáles o quienes son.



- Infórmese.

Busque información rigurosa sobre los estupefacientes, su manera de actuación en el organismo y sus efectos a corto, medio y largo plazo para poder argumentar con su hijo. No ejerza como un censor, tome una posición más objetiva y sólida con respecto a la realidad de estas sustancias. Ofrézcale la posibilidad de 'investigar' juntos sobre el tema.



- Inténtelo más veces.

Si sus intentos de aproximación fallan no 'tire la toalla' e inténtelo de nuevo. Pruebe nuevas estrategias y hágale ver que siempre va a estar a su lado. Consulte con un profesional  que le ayude a asumir actitudes beneficiosas.



- Un largo camino.

Si finalmente su hijo le pide ayuda no trate de imponer su idea de cómo ha de discurrir el abandono de las drogas. No haga reproches y procure transmitir una actitud esperanzadora que anime al adolescente a seguir adelante. Emprenda el camino junto a él buscando más información y profesionales cualificados que puedan tratarle. Reconozca que usted también tiene cosas que aprender sobre esta cuestión. Haga todo lo posible por participar en las sesiones para las que sea requerido y pregunte al equipo de especialistas que le atienda cualquier duda. Anime a su hijo a hacer lo mismo. No pierda la esperanza si se produce una recaída. Siga apoyándole.











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